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domingo, 12 de febrero de 2012

Caballo

de Hernán Ronsino.
Ilustración Bernardo Ferreyro.


Ese ansioso caballo de verano
Haroldo Conti

         Polo y Cachila reciben la orden. Almada, apoyado en la puerta del rancho, dice: “Tienen que ir a buscar el caballo y traerlo a la quinta antes del atardecer”. El caballo pastorea junto al río. Lo dejaron ahí, el domingo, después de las carreras de trote. Es un zaino colorado. Se llama Chúcaro trelpón. Y ganó la de fondo dando un batacazo. Ahora un tal Samudio, parece, lo quiere comprar.
         El río queda del otro lado del pueblo. Entonces tendrán que recorrer, ida y vuelta, cerca de treinta kilómetros. Cachila se moja la cabeza, en un costado del rancho, abriendo ampliamente las piernas bajo una canilla que pierde y está rodeada por un fandango cargado de moscas. Dos o tres hijos de Almada, las mejillas marcadas por líneas secas de moco, lo miran a Cachila mojarse la cabeza y estremecerse por sentir el agua tan fría en la nuca. Polo, en cuero, la honda colgada en el cuello, lo espera en la calle, montado en la bicicleta. Entonces Cachila se sube en el caño. Y los hijos de Almada empujan la bicicleta para que arranquen. Después son los perros flacos y hambrientos de Almada los que hacen la custodia, más o menos, hasta la Cerámica abandonada. Y es a partir de ahí que viajarán solos y escucharán, ellos, Polo y Cachila, nada más que el rumor de las palomas y algún que otro pájaro de la siesta.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Confusión en la Academia


Desde que nos rompieron la huelga andábamos el santo día al pedo. Nos echaban de todas partes. “Ustedes no son estibadores, ustedes son malandras”, nos verdugueaban los capataces de las dársenas. “No son argentinos, son unos rojos”. Qué injusticia, decirnos eso justo a nosotros. Pero no renegábamos de aquellos días. Si le habremos encajado bulonazos en la cabeza a los milicos de la prefectura, y después a los del mismo ejército que vinieron a rescatarlos. Les sacudimos sin descanso con lo que había. Esos giles se creían bien machotes. Era una gloria verlos recular a la luz de las molotov. Si no hubiera sido por los tanques Sherman que movieron desde Magdalena te quiero ver mascarita.
Después de tres meses de acción, tanta vagancia nos estaba aflojando la musculatura. Todo el día al fresco, dele conversar de bueyes perdidos. En esas tenidas, al Cabeza le dio como una manía y se la pasaba meta insistir con que don Borges ya no era don Borges. Lo tenía incrustado entre ceja y ceja. Que don Borges había estirado la pata y en su lugar, por calculismo financiero, trajinaban una momia rellena con rulemanes. Que la yegua de la que te jedi, entongada con editoriales foráneas, arrastraba de acá para allá al monigote y a facturar. Que ella era ventrílocua (“ventrícula”, dijo el bestiún). Que contestaba reportajes y daba conferencias con las tripas, falsificando voz y palabras del finadito, la muy usurpadora. Dele insistir, el Cabeza: “¿Lo vieron últimamente aparecer sin ella? Imposible. En revista Gente, salen; en Antena; en La semana; en Radiolandia; con Cacho Fontana, salen, con Pipo Mancera…Siempre pegaditos. ¿Y vieron la cara de viejo pelotari que pone él? ¡Cómo va a ser Borges ese mamarracho! Es una momia-robot, hermanos. Cómo va a ser Borges, nada menos, que le escribía los discursos a Perón y a la Eva haciéndose el que andaba a las broncas con ellos, cosa que no se destapara el estofado…”. Ese chimento se lo debíamos a la tía Coca, que estuvo de enfermera en el Fiorito y sabe un vagón de lo que le pidás. “Justo Borges, el inmortal creador del Martín Fierro, el Padre de la Patria, con esa jeta de merluza congelada. Vamos, viejo…”.
“Ahí tenés, ahí tenés las películas bolaseras que mirás los sábados y después no te dejan dormir”, contragolpeaba yo. Y el Garganta hacía que sí, que sí. Pero la verdad que andábamos compungidos con el Garganta. Dudábamos entre creerle al Cabeza o despacharlo nomás a alpargatazo limpio.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

DE FICCIONES Y REALIDADES.

Entrevista a Gervasio Puig
Por Germán Cifre



Conseguir la entrevista de este escritor no fue nada sencillo. Hemos recorrido la ciudad de La Plata y consultado a todo tipo de personajes buscando el paradero de este controvertido personaje. No fue fácil. La mayoría de los informantes a los que tuvimos acceso respondieron de igual modo: “Aquí ya no vive, y aún adeuda meses de alquiler”. Luego de interminables negociaciones con supuestos intermediarios, después de varias llamadas telefónicas, de interminables itinerarios por bares, plazas y domicilios particulares donde aseguran haberlo visto, logramos dar finalmente con el hogar del escurridizo escritor. “La cueva”, le llaman a su refugio, y es que se trata nada menos que de un sótano, algo que no sorprende en una personalidad tan curiosa (rayana a lo patológico, según dicen algunos). A continuación, los resultados de este peculiar encuentro nocturno.